El placer de mirar y recoger la esencia de los elementos: la luz que dibuja, tiñe y contrasta; el líquido que moldea, vigoriza y anega; el verdor que refresca, protege, y esconde. Trabajar esas materias primas en el obrador, sin prisas, sin alharacas, con un método pausado y subjetivo: la propia interpretación de un espacio encabalgado entre lo urbano y lo silvestre, entre lo construido y lo heredado.

Recorrer la senda dejando una sutil constancia del paso del tiempo, de los planos inclinados que se suceden, arriba y abajo, de este a oeste y de norte a sur. Una senda que oficia de frontera entre la ciudad, en lo alto, y su río, en la cota mínima. Es un camino áspero a veces, amable en las más ocasiones, que declina hacía las aguas lentas o se encarama por los canchales salpicados de verde de sus riberas, como buscando las fronteras de piedra y de carne que, más arriba, también ciñen la ciudad.

En ese ejercicio de ir mirando está envuelto Raimundo de Pablos (Toledo, 1950). Al mirar, decanta las imágenes, elimina lo prestado, lo casual, y conserva lo intrínseco, lo perdurable. Nos habla en sus pinturas y dibujos de una senda absorta en sí misma, una senda en la que nunca se ve ni siquiera un asomo de la humana figura; sí de las obras de manos anónimas que pasaron por allí y dejaron su firma en las láminas sólidas y grises del suelo o en los perfiles metálicos que aseguran el paso. Pero, en su soledad patente y formal, la senda está habitada: por lo que fue, por lo que es, por lo que será. No hace falta añadir figuras, porque ya hay suficientes presencias, suficiente hermosura.

Arturo Ledrado. Madrid, marzo de 2017

y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura
JUAN DE LA CRUZ